Había llovido, porque las baldosas estaban húmedas, oscurecidas por gotas casi secas. Estaba un poco fresco, como en los amaneceres previos a la primavera. El sol no molestaba, porque era temprano; apenas se percibía su presencia a punto de salir. No había demasiada gente, pero tampoco estaban desiertas las calles. Lo justo y necesario como para no creer que es una fantasía. Nadie los miraba, a nadie le importó. En realidad, nadie lo percibió, nadie se dio cuenta. Cada uno estaba muy pendiente de su propia existencia, es ese uno de los problemas de la gran ciudad. Es así cómo la gente se pierde de presenciar los pequeños momentos de magia que regala el Universo.
Dos personas salen de una confitería. Ella vestía piloto y zapatos altos. Su cabellera castaña llovía por sobre su piloto, con un flequillo que oficiaba de paraguas de sus ojos marrones, abiertos de una manera particular. Él llevaba puesto un par de jeans y zapatillas. Sus ojos verdes iluminaban el gris de la ciudad, mientras que sus labios dejaban entrever una espléndida sonrisa. Su apariencia sencilla le daba un aire de seguridad y simpleza. Ambos salen con una mirada un tanto fuera de lo común, como si hubiesen presenciado un hecho único allí dentro. No dicen nada, no necesitan hacerlo. Ambos estuvieron ahí, han experimentado lo mismo, aunque ciertamente no significó lo mismo para los dos. Él parecía sentirse satisfecho, como si hubiera llegado a una meta deseada. Su mirada era tranquila, pero intensa. Como la de esas personas que saben que lo lograron, y que llegaron a donde querían estar. Ella se veía un poco perdida, como shockeada. Como si algo hubiese ocurrido muy rápido y todavía intentase comprenderlo. Como si una bala perdida la hubiese rozado e intentase ver desde dónde vino.
Salen de la confitería y doblan en la esquina. Se puede ver que están juntos porque caminan al mismo ritmo, sus pasos se siguen los unos a los otros en una coreografía improvisada que hace pensar que hay algo que las une, que las guía en el mismo sentido. Caminan juntos pero separados. Cada uno por su lado de la vereda, pero uno al lado del otro. No hablan demasiado, no tienen necesidad de hacerlo. Han atravesado la misma experiencia, por lo que las palabras están demás. Él parece estar viendo algo que ella no. Ella parece estar rebobinando algo en su cabeza. Cada uno viendo una película distinta en su mente.
Llegan al final de la cuadra. Ella intenta irse, empieza a despedirse atropelladamente, pero él la interrumpe. Le dice que la quiere acompañar. Ella se niega, pero se puede ver que es sólo por una cuestión protocolar. Él lee este mensaje subliminal e insiste. Finalmente, ella acepta. Se dispone a marcar el paso y la dirección como tantas otras veces pero algo pasa dentro de ella. Se da cuenta de que no quiere marcar el paso. Que no quiere que la sigan, no quiere liderar ni encabezar. Descubrió en ese preciso y pequeño instante que lo que quería en realidad era que alguien la acompañe; que no vaya ni adelante ni atrás, sino a la par. Y mientras se daba cuenta de todas estas cosas, se vio caminando junto a él. De repente, él se le representó como eso, como un compañero, como alguien que no le iba a imponer un rol delimitado, sino como alguien que caminaba a su lado. Simplemente eso, caminaba a su lado. Ni atrás, ni adelante; ni más rápido ni más lento. Caminaban relajadamente, como si no tuvieran apuro alguno, como si nadie los esperase, como si el tiempo no pasara.
Y en el medio del normal palpitar de la vida cotidiana, en medio de esa rutina tantas veces ejecutada, en medio de las vidas grises de todas esas personas en las paradas de colectivo viviendo una rutina gastada, sucedió el milagro. Dos manos hicieron contacto, una llenándose de la vida que corría por las venas de la otra. La mano derecha de él y la izquierda de ella se encontraron casualmente, casi de forma natural en plena avenida de la ciudad, paralizando por un instante el ritmo de la vida, el fluir cansino de las miles de vida que componen esas moles de concreto. Esas manos que anduvieron vagando por todos lados antes de encontrarse. Dos manos que se encontraron, se unieron e iluminaron el Universo por un momento; un momento en el que ambos comprendieron que nada sería igual. Ella sintió que el mundo se perdió, que estaba caminando entre las nubes contemplando un paisaje nunca antes visto: el de los ojos de él prendidos de los suyos. Él sintió el peso de la responsabilidad que conllevaba agarrar esa mano, de esa responsabilidad que ansiaba tomar. De la responsabilidad que era agarrar esa mano curtida que había recibido golpes varios, que había lavado heridas propias y ajenas, que había acariciado antes y que con un poco de suerte lo acariciaría a él. Sintió la felicidad de agarrar la mano que quería agarrar entre muchas otras manos que se le habían ofrecido, y sintió también la satisfacción de que esa mano que quería no lo soltara, sino que además se aferrara a la suya.
El mundo se paró un momento, como corresponde cuando sucede algo que va a cambiar el curso de la vida para siempre. El mundo se congeló, y permitió que esas manos se convirtieran en una sola, en una unión que podría ser la razón por la cual esos pájaros cantan, o aquellos niños ríen, o los labios de él se acercan a los de ella y reconfirman que esa es la mano que buscaba.
Todas y ninguna.
Perder el suelo firme,flotar,andar errante,estar loco al menos una vez.
lunes, 10 de junio de 2013
domingo, 9 de junio de 2013
Un algo
Una sonrisa
Un abrazo
Un beso
Una caricia
Una vuelta
Una caminata
Una mirada
Un vistazo al corazón
Un regalo
Un milagro
Una esperanza
Un amor
Un sueño
Una historia
Un camino
Un bote
Una canción
Un corazón
Una vida
Un resto
Una visión
Una misión
Un abrigo
Un hogar
Un baile
Una palabra
Algo.
Un abrazo
Un beso
Una caricia
Una vuelta
Una caminata
Una mirada
Un vistazo al corazón
Un regalo
Un milagro
Una esperanza
Un amor
Un sueño
Una historia
Un camino
Un bote
Una canción
Un corazón
Una vida
Un resto
Una visión
Una misión
Un abrigo
Un hogar
Un baile
Una palabra
Algo.
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sábado, 20 de abril de 2013
Veinte nuevos nudos al corazón
A veces me parece mentira. A veces me parece que no pasó, que nunca existió. Otras veces, que sí, que es verdad, que pasó y que pasa y que seguirá pasando.
A veces parece reciente, otras muy lejano.
En algunas ocasiones me pone mal, en otras no me sale ponerme de ninguna manera.
Siempre me viene a la mente el momento en el que lo supe.
Siempre recuerdo la última vez que te vi.
Nunca puedo asimilarlo del todo, siempre hay una cara nueva por encontrarle.
A veces es rechazo, otras dolor. Se alterna entre confusión y certeza, entre saber que así es y no terminar de aceptar que sucedió.
Hay días en los que no pienso en ello, o no mucho. Otros, en cambio, me viene una y otra vez a la mente, no puedo sacarlo.
Cuando miro para atrás, ahí estás.
Cuando miro para adelante, ahí estás.
Pero cuando miro a mi lado, no estás. Ni estarás. Es todo mentira, todo una ilusión. No vas a estar porque no estás porque no podés porque es imposible.
Y nada tiene sentido, y a la vez lo tiene completamente.
Si lo pienso, tiene mucho sentido. Si lo siento, no.
A veces me parece que el tiempo terminó el día que nos abrazamos por última vez, después miro el calendario y veo que los días cayeron sobre mí con una ferocidad atroz.
De vez en cuando intento pensarte a propósito. La mayoría de las veces venís a mi mente por tus propios medios.
Quisiera que me visites, y me cuentes un poco de tus cosas. Sé que no lo harás, pero me gustaría. Me ayudaría, también. Igual, mejor no vengas. Que vengas significa que te fuiste en primer lugar.
No sé por qué, pero a veces te extraño más que otras veces. Hay días que me cuesta recordarte, como si hubieses sido un sueño, que no sabés si pasó o lo soñaste. A veces me pasa eso con vos, que no sé si fuiste un sueño o una realidad.
A veces me parece que todo pasó hace mucho tiempo, que es prehistoria. Pero a veces se siente como si fuese ahora.
Hay días que me cuesta recordarte, porque te tuve poco, y no supe aprovecharte, vivirte, aprender de vos.
Hay días que me arrepiento, y otros no puedo evitarlo.
Quisiera que veas, que me veas, que me cuentes qué ves. Pero no lo hacés. Quisiera saber por qué, me enojo, me pongo triste. Y después recuerdo que es porque no sos vos el culpable, es la circunstancia.
Nada puede cambiar lo que aconteció: lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo, lo gracioso, lo triste, lo alegre, lo amargo, lo oscuro, lo tierno, lo importante, lo trivial, lo que nos dijimos, lo que nos hicimos. Lo que vivimos.
En unas horas me estaré yendo y pensaré en que a esa hora vos también te ibas. Pero a otro lugar, lejos de mí, de mis chiquilinadas, de mis gritos, de mis llantos, de mis retos, de mis reclamos. Pero también lejos de mis manos, de mis brazos, de mi cabeza, de mi casa, de mi familia, de mis afectos, de mis sueños, de mis metas, de mis logros, de mis fracasos, de mi vida.
A veces me sonreís desde una foto, pero sé que no es verdad. Pero me encantaría que lo hicieses, nunca fuiste demasiado sonreídor.
Serio, de voz serena pero firme, alto, grande, con ese cejo tendiente a fruncirse y esos dientes que no conocí demasiado. Con sueños más grandes que la realidad, con delirios que ya eran cotidianos, con esperanza de cosas que no sucederían jamás. Con expectativas que no sé si se cumplieron.
Con un corazón más grande que la galaxia, con las manos abiertas para dar, con los sueños a flor de piel, goloso y glotón. Con manos grandes y piernas flacas. Cachetudo y bigotudo. Con cejas despeinadas.
Así eras en mi vida. Así sos en mis recuerdos. ¿Así eras?
Tengo miedo de que te me vayas del todo, de que se me borren tus recuerdos, de que te desaparezcas como desaparecen los perfumes después de un tiempo, lentamente y sin dejar rastro. Tengo miedo de que un día me despierte y no sepa quién está en las fotos. Tengo miedo de olvidarme de todo, y si lo hago temo que dejaras de existir. Porque no estás, pero existís. Existís en mi mente, en mi vida, en mis valores, en mis formas de hablar, de vivir, de soñar, de creer, de sentir, de ser. Existís en mi corazón.
Pero te tuve tan poco que tengo miedo que un día no existas más, que te me esfumes. Quisiera haber podido aprovechar más el tiempo, haber hecho mejor las cosas. Quisiera no tener todas estas lágrimas en la cara y tenerte acá para abrazarte más y llorar menos.Quisiera que veas quién soy hoy, quién quiero ser, qué hago, cómo lo hago, cómo pienso, qué camino sigo, qué decisiones tomo, que siento, cómo vivo.
Quisiera que nunca te hubieses ido, Papá.
A veces parece reciente, otras muy lejano.
En algunas ocasiones me pone mal, en otras no me sale ponerme de ninguna manera.
Siempre me viene a la mente el momento en el que lo supe.
Siempre recuerdo la última vez que te vi.
Nunca puedo asimilarlo del todo, siempre hay una cara nueva por encontrarle.
A veces es rechazo, otras dolor. Se alterna entre confusión y certeza, entre saber que así es y no terminar de aceptar que sucedió.
Hay días en los que no pienso en ello, o no mucho. Otros, en cambio, me viene una y otra vez a la mente, no puedo sacarlo.
Cuando miro para atrás, ahí estás.
Cuando miro para adelante, ahí estás.
Pero cuando miro a mi lado, no estás. Ni estarás. Es todo mentira, todo una ilusión. No vas a estar porque no estás porque no podés porque es imposible.
Y nada tiene sentido, y a la vez lo tiene completamente.
Si lo pienso, tiene mucho sentido. Si lo siento, no.
A veces me parece que el tiempo terminó el día que nos abrazamos por última vez, después miro el calendario y veo que los días cayeron sobre mí con una ferocidad atroz.
De vez en cuando intento pensarte a propósito. La mayoría de las veces venís a mi mente por tus propios medios.
Quisiera que me visites, y me cuentes un poco de tus cosas. Sé que no lo harás, pero me gustaría. Me ayudaría, también. Igual, mejor no vengas. Que vengas significa que te fuiste en primer lugar.
No sé por qué, pero a veces te extraño más que otras veces. Hay días que me cuesta recordarte, como si hubieses sido un sueño, que no sabés si pasó o lo soñaste. A veces me pasa eso con vos, que no sé si fuiste un sueño o una realidad.
A veces me parece que todo pasó hace mucho tiempo, que es prehistoria. Pero a veces se siente como si fuese ahora.
Hay días que me cuesta recordarte, porque te tuve poco, y no supe aprovecharte, vivirte, aprender de vos.
Hay días que me arrepiento, y otros no puedo evitarlo.
Quisiera que veas, que me veas, que me cuentes qué ves. Pero no lo hacés. Quisiera saber por qué, me enojo, me pongo triste. Y después recuerdo que es porque no sos vos el culpable, es la circunstancia.
Nada puede cambiar lo que aconteció: lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo, lo gracioso, lo triste, lo alegre, lo amargo, lo oscuro, lo tierno, lo importante, lo trivial, lo que nos dijimos, lo que nos hicimos. Lo que vivimos.
En unas horas me estaré yendo y pensaré en que a esa hora vos también te ibas. Pero a otro lugar, lejos de mí, de mis chiquilinadas, de mis gritos, de mis llantos, de mis retos, de mis reclamos. Pero también lejos de mis manos, de mis brazos, de mi cabeza, de mi casa, de mi familia, de mis afectos, de mis sueños, de mis metas, de mis logros, de mis fracasos, de mi vida.
A veces me sonreís desde una foto, pero sé que no es verdad. Pero me encantaría que lo hicieses, nunca fuiste demasiado sonreídor.
Serio, de voz serena pero firme, alto, grande, con ese cejo tendiente a fruncirse y esos dientes que no conocí demasiado. Con sueños más grandes que la realidad, con delirios que ya eran cotidianos, con esperanza de cosas que no sucederían jamás. Con expectativas que no sé si se cumplieron.
Con un corazón más grande que la galaxia, con las manos abiertas para dar, con los sueños a flor de piel, goloso y glotón. Con manos grandes y piernas flacas. Cachetudo y bigotudo. Con cejas despeinadas.
Así eras en mi vida. Así sos en mis recuerdos. ¿Así eras?
Tengo miedo de que te me vayas del todo, de que se me borren tus recuerdos, de que te desaparezcas como desaparecen los perfumes después de un tiempo, lentamente y sin dejar rastro. Tengo miedo de que un día me despierte y no sepa quién está en las fotos. Tengo miedo de olvidarme de todo, y si lo hago temo que dejaras de existir. Porque no estás, pero existís. Existís en mi mente, en mi vida, en mis valores, en mis formas de hablar, de vivir, de soñar, de creer, de sentir, de ser. Existís en mi corazón.
Pero te tuve tan poco que tengo miedo que un día no existas más, que te me esfumes. Quisiera haber podido aprovechar más el tiempo, haber hecho mejor las cosas. Quisiera no tener todas estas lágrimas en la cara y tenerte acá para abrazarte más y llorar menos.Quisiera que veas quién soy hoy, quién quiero ser, qué hago, cómo lo hago, cómo pienso, qué camino sigo, qué decisiones tomo, que siento, cómo vivo.
Quisiera que nunca te hubieses ido, Papá.
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sábado, 9 de marzo de 2013
Un día más
No era una mañana particular. Era sólo una triste mañana
gris en un triste pueblo en un triste otoño fuera de estación. No era una
mañana particular, pero era buena para morir.
Usualmente no hay mucha gente en un cementerio, ya sean
visitantes o trabajadores. Esa mañana no era la excepción, pero los animales
estaban inquietos sin razón. El viento soplaba levemente, las hojas de los
árboles se mecían con suavidad. Todo aquel tétrico paisaje se percibía aún más
de esa manera. Las lápidas cubiertas de hiedra, las imponentes bóvedas
silenciosas y las esculturas como testigos mudos de las muertes anónimas, sin
penas ni glorias, le daban un aire melancólico que pocas veces se ve a simple
vista.
Aquella mañana, le había cambiado el turno a un
compañero.Por alguna razón, tuve el presentimiento de que no debía hacerlo, que
no debía ir, y creo que mi esposa lo comprendió, porque me pidió que no
vaya. "Yo no creo en esas cosas", pensé, y sin más me levanté y fui a trabajar.
No había demasiado que hacer en un cementerio de pueblo, más
cuando no queda casi nadie porque se marcharon, supersticiosos todos ellos. Esa
estupidez del embrujo del cementerio había espantado a todo el pueblo. Decidí
salir a caminar entre las calles de la ciudad de los muertos, donde soy rey sin
corona.
Sentía una extraña sensación de bienestar y a la vez de que
se me escapaba el alma mientras caminaba. Todas esas lápidas decían frases
hipócritas, intentando resumir una vida en dos líneas.Todas puras mentiras.Una
vida no son dos líneas.
Entretenido en mis pensamientos me detuve frente a una tumba
recién hecha. No creía lo que veía. Yo no la había cavado, y era imposible que
alguien más lo hubiese hecho, porque estaba completamente solo. Quise gritar, pero
solo emití un débil sonido. Quise correr, pero no podía moverme. Levanté la vista
y vi con horror mi nombre grabado en una lápida, salida de la nada. Se podía
leer claramente Josef K.
Mis ojos se cerraron con pesadez, mis rodillas se hicieron
de lana, tuve mucho sueño. Sentí mi caída sobre una suave cavidad de tierra.
No era una mañana particular. Era sólo una triste mañana
gris en un triste pueblo en un triste otoño fuera de estación. No era una mañana
particular, pero era buena para morir.Y eso hice.
(Trabajo realizado en clase de Lengua y Literatura en el año 2009 en base a la lectura de "Un sueño" de Franz Kafka)
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viernes, 7 de diciembre de 2012
El suspiro de la vida
A veces le costaba ver su cara, recordarla. A veces se preguntaba si eso era amar. Otras sonreía sin razón, pensando en algo que le hacía reír, como su pelo al despertar o su don para no bailar bien. También le ocurría que de vez en cuando se encontraba en presencia de la ausencia más cálida que había conocido.
Pero esa noche otra cosa le pasó. Esa noche vio el mundo estallar en mil universos, vio el cielo desaparecer y en su lugar abrirse los ojos más bellos que había visto. Esa noche vio cómo se terminaba la historia, cómo morían todas las historias, todos los sueños, todos los miedos, todo.
Esa noche de fuego de colores vio renacer la vida misma, renacer completamente, despojada de todo lo antes conocido y certero. Presenció un milagro, presenció su alma escurriéndose en ese último suspiro para llegar a él, y allí echar raíces nuevamente. Sí, presenció un milagro, eso es. Fue consciente del preciso momento en que su alma dejó de ser suya para ser de él, para nunca más ser ella sola sino ellos juntos.
Pero esa noche otra cosa le pasó. Esa noche vio el mundo estallar en mil universos, vio el cielo desaparecer y en su lugar abrirse los ojos más bellos que había visto. Esa noche vio cómo se terminaba la historia, cómo morían todas las historias, todos los sueños, todos los miedos, todo.
Esa noche de fuego de colores vio renacer la vida misma, renacer completamente, despojada de todo lo antes conocido y certero. Presenció un milagro, presenció su alma escurriéndose en ese último suspiro para llegar a él, y allí echar raíces nuevamente. Sí, presenció un milagro, eso es. Fue consciente del preciso momento en que su alma dejó de ser suya para ser de él, para nunca más ser ella sola sino ellos juntos.
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viernes, 26 de octubre de 2012
Hipotecas
Se sentaron en las escalinatas del banco. Las lágrimas caían por sus mejillas. Lloraban abrazados bajo el rayo del sol. Él dijo "Parece que nos hubieran hipotecado la casa". Ella sólo podía pensar que él le estaba hipotecando el corazón.
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